viernes, 14 de diciembre de 2007

Problemas Ajenos

José Artigas Gómez cruzó ese día la puerta giratoria del Banco sin cuestionarse lo que le iba a suceder unas pocas horas después… su no cuestionamiento en dicho momento era tal que tampoco se cuestionaba por qué llevaba ese segundo nomrbe tan aberrante y qué mal había hecho él en una vida anterior para merecer tal castigo por todo el transurso de su presente vida.
Al llegar al mostrador, Jose Artigas Gómez no fue atendido por Washinton Ismael Peláez; Washinton Ismael Peláez se encontraba en esos momentos en otro lugar… en su trabajo, vendiendo flores en la calle General Flores a su segunda cliente de esa mañana, Florencia Marylin Guitiérrez, quien precisamente las estaba comprando para regalárselas a su novia Marí Curí Arrazcaeta, que le había dicho en la mañana que se iba a ir con su amante, ocultando su verdadera intención de ir a trabajar.
Marí Curí Arrazcaeta trabajaba a escondidas de su novia como vendedora telefónica de servicios innecesarios. Ese día tenía que llamar a un tal Galileo Galilei Velázquez para ofrecerle un servicio de teletransoprtación para objetos inanimados que habría de lanzarse en los próximos 48 años al mercado, empero de eso, decidió salteárse esa llamada y ofrecerle vía telefónica a una tal Ástrid Madona De León el servicio de información vía mensaje de texto desde el teléfono celular, al cual los creadores de dicho servicio habían dado en llamar “info móvil”; marcó cuidadósamente con su lápiz los dieciocho números que habrían de comunicarla con Ástrid Madona De León, quién después del segundo tono de llamada, descolgó el tubo, quedándose en total silencio, escuchando el “hola” de Marí Curí Arrazcaeta. No fue después de la tercer repetición del saludo inquisidor de Marí Curí Arrazcaeta, sino después de la cuarta que Ástrid Madona De León se dignó a contestar “no, no, esta no es la casa de Washinton Ismael Peláez, está equivocado”, Marí Curí, se apresuró antes de que Ástrid Madona colgara el teléfono a espetar un “disculpemé, equivocado, no, equivocada, tal vez, pero eso habría que verlo”, Ástrid Madona se dió cuenta por dónde venía la mano y velózmente le retrucó un “Verlo, no creo, escuchárlo tal vez”, Marí Curí, siéndo tan orgullosa como no era, no se hizo esperar con la pregunta “¿con quién tengo el malgusto?” a lo que recibió un “malgusto, seguro tiene su marido, señora” “señorita, y le cuento que marido no tengo, pero con mi novia me entretengo”. Se hizo un silencio eterno, hasta que Ástrid Madona rompió el hielo… y lo ubicó en su vaso de Whisky, Marí Curí exploró “¿Whisky a esta hora?” “no, Whisky no, Ron con leche de soja” “qué combinación tan interesante” y mientras hacía nudos con el cable del teléfono, Marí Curí agregó “contame un poco más de vos, ¿qué ropa traés puesta?”, la pregunta no sorprendió a Ástrid Madona quien sin titubiar contestó “alpargatas y una camisa de mi marido” “ahhh, así que ¿casada?” Ástrid Madona no demoró en contestar “no, no, nunca tuve un novio, así que como verás…” “verás, no, no te veo lamentablemente, solo te oigo” “¿pero no te gusta mi voz” “me parece que me gustás vos”, Ástrid soltó una risotada que le impidió oir las llaves de su marido intentando abrir la puerta de su casa. José Artigas Gómez, entraba de la mano de Florencia Marylin Guitiérrez a su casa, cuando vió ese cuadro justo ante sus ojos. Ástrid Madona De León, mientras acariciaba su codo, abrió bien grandes sus ojos y exclamó “Florencia Marylin, ¡¿qué hacés vos acá?!” dándole el tubo del teléfono a su marido quién rápidamente se puso a conversar con Marí Curí de manera más que amistosa, al mismo tiempo que Florencia Marylin le entregaba en mano un ramo de trescientas cuarenta y tres flores a Ástrid Madona, quien las recibiría con disgusto, propinándole un golpe en la cara a Washinton Ismael Peláez que había aparecido en escena con una pizzeta con muzzarella y frutillas para compartir con su amante, José Artigas Gómez. La situación era confusa, hasta que por fin Marí Curí Arrazcaeta se apersonó, sin mediar palabra, tomó la pizzeta con muzzarela y frutillas y la colocó en un florero con agua, fue a la cocina, como si supiera exactamente dónde quedaba y luego de volver con dieciseis platos con sus correspondientes veintiún cubiertos, procedió a servir las trescientas cuarenta y tres flores en los antedichos platos. Todos la miraron con cierto desasociego, pero como en un pacto tácito, dejaron sus quehaceres y se sentaron sobre el televisor a disfrutar de la comida plácidamente… todos fueron muy infelices y comieron flores hasta entrado el mediodía… y blanquitín azulado, este cuentito, se ha terminado.

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