¡Qué cosa linda el verano, che! Sol, playa, aguas oceánicas, pieles tostadas y colaleses varios... ahh... claro, para los que se van de la ciudá, para nosotros, la escoria social que se queda en la capital, nada de eso, sino más bien un calor insoportable, la playa de estacionamiento de algún supermercado, agua corriendo por la camisa producto de la transpiración del antes mencionado calor, tostadas con manteca para el desayuno y calles dominadas por gerontes octagenarios que por más o menos quince días al año, se adueñan de la ciudad. Así es, durante trescientos cincuenta días al año, estos seres son marginados por niños, adolescentes, jóvenes y adultos. Se esconden detrás de las ventanas de húmedas construcciones, salen sólamente cuando el resto de la sociedad duerme o desayuna para comprar el pan y la leche. Su diversión más grande radica en acomodarse en salas de esperas de nosocomios, donde pueden conversar con sus pares sin ser molestados, hasta que la enfermera de turno pronuncia su nombre y ahí mismo van, con la complicidad de su vieja amiga, la parca, quién les regala una visita más al médico.
Añoran las tardes en plazas públicas, alimentando palomas por no tener con quién hablar, algunos se juntan en cerradas logias, donde organizan partidos de Bridge y salidas al Parque Lecoq o al Balneario Las Cañas en épocas de bonanza.
Pero, ya cuando se acerca el final de Diciembre, como en un pacto tácito, esperan agazapados detrás de las puertas sin llave, mirando de reojo por la ventana, como esperando el momento indicado. Su amiga huesuda los entiende, y haciéndose la otaria, se toma licencia, y es ahí, cuando el almanaque indica que es el segundo día del año, se aseguran de que las calles estén desiertas, y por casi dos semanas, sin niños que molesten, sin jóvenes que los insulten, sin adultos que los ignoren, salen como estampida a las calles, inundan los teatros y cines, crean sus barricadas en la rambla, cambian la leche por los placeres terrenales, sin importarles más nada, total, las calles son de ellos, hasta se atreven a tomar mate sin azúcar y hasta a tomar la pastillita cada ocho horas en vez de cada seis, ya no más Parque Lecoq, ya no más salas de espera de hospitales, ya no más darle de comer a las palomas en las plazas, ya no más Bridge... Casino y los más osados, Rummy Canasta. Hasta dejan de ver los noticieros y por quince días, se olvidan de lo buenos que fueron los tiempos pasados y de lo cortos que son los tiempos futuros, hasta que por allá, por el trece de Enero, empiezan a agachar las cabecitas y lentamente vuelven a sus húmedos sucuchos, a esperar que la parca vuelva de las vacaciones para tener con quién conversar, dispuestos nuevamente a padecer las molestias de los niños, los insultos de los jóvenes y la indiferencia de los adultos. Nuevamente la avena, la leche y el pan. Mientras que los dueños legítimos de las calles capitalinas vuelven a reestablecer el órden, desonociendo todo lo que ha pasado en los días que se ausentaron, ellos, como en un deseo frenético, con mate dulce de por medio, vuelven a intentar convencer a la huesuda que les deje disfrutar de esos quince días, aunque sea, una vez más dentro de un año...
lunes, 28 de enero de 2008
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