jueves, 3 de abril de 2008

Problemas mentales

Bueno, bueno, parece ser que al fin la campaña de los comentarios, funcionó, ahora, sí, que no decaiga esto, porque en cualquier momento me escribo un libro y me lo compran... 4 personas.
Aclarado este punto, vamos (yo y el alien que tengo de inquilino hace dos días en mis intestinos) a lo que realmente nos (a mí, al alien y a las cuatro personas que esporádicamente leen esto) interesa.
Estoy trabajando en una nueva teoría sociológica: cómo medir el índice de estupidez semanal del uruguayo medio.
Parecería ser una ardua tarea, sobre todo para cualquier uruguayo medio, pero no, es realmente una estupidez (nota para mí mismo: estos juegos de palabras garpan muchísimo, tenelos en cuenta); símplemente (el corrector ortográfico no cree en las palabras sobreesdrujulas, y a decir verdad, yo tampoco) basta con ir una vez por semana a cualquier supermercado dentro de un Shopping, tomar un carrito y deleitarse durante media hora.
Decidido a trabajar en esta teoría, hoy mismo, la llevé a cabo, a las mil novecientos treinta horas, penetré en un conocido supermercado que a los efectos de no comprometer a nadie, en este blog le llamaremos "mercado británico", en el shopping que lleva por nombre la capital del país en donde se encuentra. Tomé mi carrito (changuito para los lectores argentinos -aspiro a ser internacional en algún momento-) y rumbeé hacia la parte de verduras y frutas, allí, un señor gordo, barbudo y calvo, había dejado su carrito entre las manzanas y las naranjas, cortando el paso cuál asambleista de Gualeguaychú. Como persona educada que soy (¿?), opté por esbozar un tímido "permiso" del cuál no recibí ni percibí respuesta alguna. Como pude, dí media vuelta y me decidí a cruzar el pasillo central en el mismo momento en el que se atravesaba un matrimonio de unos 35 años (de edad y no de matrimonio) con un crío de no más de 12 (años), este último, venía corriendo y como queriendo reafirmar la impenetrabilidad del metal del cual están hechos los carritos, dió de lleno su cabeza contra mi vehículo supermercadil, al padre, le pareció mucho más interesante ponerse a investigar la forma irregular de los jengibres que preocuparse por el estado sanitario de su hijo, a la madre, no. A la madre le resultó mucho más interesante propinarme todo tipo de insultos: "tarado, ¿no te das cuenta que le reventaste la cabeza a mi hijo? ¿por qué no mirás por dónde caminás, pedzao de un vejiga?", tranquilamente, sabiendome dueño temporal de la razón, le contesté: "cuchame un poco, pedazo de una retrasada mental, tu hijo es un imbécil, pero viéndote a vos y al salame del padre, me doy cuenta que la culpa la tiene exclusivamente la genética", percibí que no entendió muy bien qué le estaba diciendo, así que sin más, seguí mi camino rumbo a la carnicería, una vez allí, saqué el número 1238, por suerte, solamente iban por el 1179, así que la espera no fue tan grave. Por fin llegó al 1237, número que correspondía a una octagenaria, y allí comenzó a hacer su pedido: "mijo, deme medio kilo de carne picada"... "así está bien, señora", respondió el carnicero, "nooo, mijo, no, eso es un disparate, sacame un poco", de muy buena gana el carnicero sacó un puñado y volvió a pesar, "320 gramos, doña, ¿qué más?", "no, no, perá, mijito, eso no me da para hacer las empanadas para mi nieto, las hamburguesas para el vecino y encima darle de comer al perro de mi madre", la situación se perpetuó de la misma manera por tres cuartos de hora más, hasta que la vieja quedó conforme con los 472 gramos de carne picada que finalmente se llevó. Por fin mi turno: "dame dos costillas redondas y un kilo de colita de cuadril", "mirá qué suerte, es la última colita que me queda", comentó el carnicero, "no, no, yo también quiero llevar colita de cuadril, no se la podés vender toda a él", interrumpió una señora gorda, "pero, señora, ya está, ya se la pedí yo, no sé, llévese otra cosa, un pedazo de vacío, no sé", "no, no, y no" contestó, "perdón que me meta", dijo el carnicero, y agregó "la señora, me parece que tiene razón, no te la puedo vender toda a vos", "bueno, sabe qué, señora, llévesela usté, y ojalá que le caiga mal" sentencié y partí decepcionado rumbo a la caja a comprar cigarrillos. El hombre que estaba pagando delante mío en la fila de la caja, se dirigió a la cajera: "no, pero, fijate, en la góndola, el aceite este de oliva estaba marcado a cuatrocientos veintiocho pesos, y vos me lo estás cobrando a cuatrocientos treinta", mientras la vieja de la carne picada, estaba ahora atrás mío en la fila, golpeándome con su carrito en las piernas cada intervalos de 16 segundos. La cajera, presionó un botón que accionó una luz roja sobre la caja y casi inmediatamente apareció un empleado, al cuál le encomendó la tarea de ir a fijarse en la góndola el precio del aceite de oliva. Tras diez minutos de ausencia del gondolero (y no de venezia) y 37, 5 golpes del carrito de la doña en mis piernas, me decidí, y luego de un "permiso", me decidí a abandonar el recinto con las manos vacías, justo cuando estaba atravesando la puerta, casi sintiéndome libre, sonó la alarma y dos monigotes aparecieron corriendo y sin mediar palabra, me propinaron unos 228 golpes hasta que caí inconciente. Al despertar al otro día en una cama de hospital, saqué mis conclusiones: "nivel de estupidez humana del día de ayer medida en el uruguayo medio: normalmente alta"...

4 comentarios:

adelita dijo...

amor tu imaginación no tiene límites jajajjajjajjajajjajajjaj te quieroooooooooooooo

Ernest Shackleton dijo...

no entiendo
cada entrada de tu blog tiene más paréntesis que toda la bibliografía de saramago.
no me gustan los comentarios de tu "super yo"
psicoanalízate chico!

Ernest Shackleton dijo...

lo olvidé:

http://sirernestshackleton.blogspot.com

cosas que pasan... dijo...

ok, ernest, voy a seguir toooodos tus consejos al pié de la letra (y cuando digo todos, digo todos, eh, no se me escapa ni uno solito, voy a ir al pisicólogo y todo eso que me decís que me resulta superinteresante)Muy lindo tu blog!! Salú