Problemas tenemos todos. Es que una palabra cacofónicamente tan linda, no puede ser despreciada por nadie, ni siquiera por el más soberbio, y mucho menos por el más infeliz.
Así, por ejemplo, podemos conocer el caso de Antonio Mc Carley, un sajón devenido en hurgador, quién por las noches se trasviste, convirtiéndose así en el primer travesti homofóbico del mundo. Tony, como le llaman sus amigos, sufre de todo tipo de discriminaciones, siendo, extrañamente, la menos frecuente aquella por travestismo. Muchas mujeres lo discriminan por tener senos del tamaño de una sandía (de hecho, por debajo de la ropa, Antonio, usa dos sandías ya fermentadas), calificándolo de "ligerita". La mayoría de los hombres que intentan conocerlo en las whiskerías del puerto, suelen discriminarlo por gorda; está aquel también que lo discrimina por heterosexual, y no falta quien lo haga por mugriento, es que es difícil disimular la acumulación de pelusa en el ombligo, más aún si uno usa musculosas que dejan al descubierto toda el área abdominal.
Un día, como tantos otros, Mc Carley volvía de su trabajo diurno de hurgador, cuando, al penetrar en su morada, encontró a su sirvienta sentada en el sillón, leyendo el tercer libro de "El Señor de los Anillos", con los pies extendidos por sobre la mesa. Ella pareció no percatarse de su presencia, sin embargó, él, si se percató de la de ella, incluso, yendo un poco más allá, hasta se percató de que la señorita Aranxa Chow Fan, no estaba llevando ropa interior. Este hecho, le causaba repulsión por un lado, pero placer y exitación por otro; a ella, también. Luego de 16 minutos de estar ambos en la misma posición, Antonio Mc Carley decidió romper el hielo, se dirigió hacia la cocina con el fin de llevar a cabo aquella empresa, sin antes dejar escapar un "¿esa pollera no es mía, Aranxa?" dirigido a su sirvienta, quién sin esperar ni una fracción de segundo, como si ya hubiese tenido la respuesta libretada en un guión, le replicó con un contundente "no". Sin mediar más palabras, Antonio completó su trayecto hacia la cocina, desde donde recorrería el mismo camino, pero a la inversa tres minutos después, portando una hielera repleta de hielo picado, para volver a espetarle a su sirvienta un "¿tomás algo?", "sí, Tomás Aquino, creo que era...", contestó. "No, no, me refería a si querés tomar algo, no sé, tal vez un té de gengibre o un licuado de pasas de uva" , aclaró nuestro travesti. Ella se tomó un segundo para contestar y sin levantar la vista de su libro hizo un gesto de negación con la cabeza, acompañándose de una apertura de piernas digna de un Oscar. Antonio, sin pensarlo dos veces le dijo "a ver, quedate quieta un segundo" y tomando un trozo de hielo de su hielera, agregó "si le embocó, hoy de noche, salís conmigo". Sin esperar respuesta de su interlocutora, lanzó el trozo de hielo directamente a la entrepierna de Chow Fan, quién solo apartó la vista de su libro al sentir el líquido previamente solidificado colarse por su pollera. Casi impávida, agregó "pasame a buscar a las cuatro y media".
No mediaron más palabras hasta la antedicha hora, cuando Antonio, impecablemente vestido con un vestido de gasa, comprado en la franja de gaza, verde, irrumpió en la habitación de una semivestida Aranxa, quién se limitó a decir "Ay, no te esperaba todavía, dejame ponerme el camisón y ya nos vamos".
Una vez en el carrito de chorizos, Antonio, con mayonesa en la comisura del labio dijo "Ara, tengo que confesarte algo después de todos estos años" "¿qué?" inquirió ella, "nada, tontita, me gustás. ¿O es que no te diste cuenta que siempre me pongo mis mejores vestidos para vos?" "¡señor Antonio!" dijo, en clara alusión a él, "¿qué?" iniquirió él, "es que estoy perdidamente enamorada de usted, pero no de usted como hombre, sino de usted como mujer... es tan fina, tan bella, tan robusta, tan intrépida..." soltó un suspiro y continuó diciendo "quiero casarme con usted, pero con usted mujer, aunque, no creo en el casamiento, quiero que entremos las dos a la Iglesia de vestido blanco, inmaculadas". Hubo un silencio. Él lo rompió diciendo "yo también, vayámosnos en el próximo avión a Las Vegas y casémosnos, seamos felices" "sí, señor... a... señorita... Antonio" dijo ella con la sonrisa más grande que había visto alguna vez el expendedor de chorizos.
Tal cual lo dicho, tomaron el primer vuelo a Las Vegas y tan solo 17 horas después de haberlo decidido, ya estaban casados... y cansados uno del otro, así que 5 horas más tarde, decidieron anular sus votos y separarse para no verse nunca más.
Cuando Antonio volvía en el avión a su hogar, pensó: "y sí, estaba visto que esto no tenía futuro, pero, al menos me casé de blanco, y por un momento, fui feliz..."
miércoles, 13 de agosto de 2008
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1 comentario:
q triste pobre Anthony todo culpa de la suripanta esta!!
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