sábado, 27 de septiembre de 2008

Problemas publicitarios

Después de unos cuantos días de vacío creativo (léase: no soy lo suficientemente bueno como para que se me ocurran a cada rato ideas para escribir acá, y además tengo una vida), me dispongo (sin mi otro yo) a volver y dejarles, mis monitos, una reflexión sobre cómo nos afecta la publicidad desde el principio mismo de los tiempos (y usté dirá: "ahhh, pero qué exagerado este hombre" y yo le responderé solo con un monosílabo de negación).
En el principio solo hubo dos: Yavé y Belcebú (al que le puso los nombres: por qué los dos con la misma acentuación, ¿eh? ¿era realmente necesario?).
Yavé y Belcebú, estaban ya aburridos y bueno, decidieron apostar; apostar qué cosa: el poderío. Básicamente los dos siempre tuvieron problemas de ego y vivían peleándose por quién la tenía más grande. Claro, para llevar a cabo dicha apuesta, necesitaban algo para dominar... no tuvieron mejor idea que crear al hombre (cómo género, pedazo de una feminista que leés esto, no sos el centro del mundo, no todos estamos para discriminarte, ¿sí?).
Una vez creado el hombre, se dispuso la competencia, y claro, una vez dispuesta la competencia, aparecieron lo que hoy conocemos como la aberración más grande de la humanidad: las agencias de publicidad.
Tanto Yavé (que ya venía 1 a 0 abajo por el nombre ese horrible que le habían puesto) como Belcebú contrataron a un grupo de personas. Los de Yavé eran medio loquitos, y les dio por escribirse un librito donde decían que Yavé vivía en el paraíso y que él mismo había mandado a Belcebú al infierno porque se había portado mal, en fin, le hicieron mala fama al tipo, fama de cagador, y como vieron que la cosa venía bien por ese lado, empezaron a hacer conferencias en lugares con un tipo diciéndole a los demás que todo lo malo que pasaba en el mundo era culpa de Belcebú. Tá, en una se les fue la motito y entraron a quemar cuanta cosa publicaba la agencia de Belcebú (y cuando digo cosa, me refiero a gente también). Las arcas de Yavé estaban cada vez más llenas, la publicidad surtía efectos. Belcebú en cambio, ya casi estaba en bancarrota, su agencia de publicidad era realmente una porquería, los empleados se emborrachaban, se drogaban y tenían sexo como conejos y la cosa no funcionaba. Los bancó casi dos mil años y la cosa realmente ya no daba para más y como cualquier empresa en esa situación, los terminó echando. El presupuesto ya no daba para mucho y terminó contratando a unos peludos, también borrachos, pero que eran más simpáticos porque tocaban música; usaban camperas de cuero y eso, les daba mayor credibilidad... Pero, bueno, el remedio fue peor: la campaña publicitaria de Belcebú se basó en espectáculos de Heavy Metal y en tarados que grababan cosas al revés en los discos, creyendo que esos "mensajes subliminales" darían resultado (claro, el psicólogo que contrató Belcebú era Feud después de muerto, que ya estaba bastante limadito por toda la merca que había esnifado en vida). Como era de esperarse, la campaña de Belcebú no llegó a ningún lado y cayó en bancarrota y al final, se volvió loquito.
Hoy por hoy, Belcebú se la pasa mendigando en las altas esferas de compañías multinacionales buscando esponsoreo, declarándose como una víctima de la mala publicidad.
Yavé, en cambio usa un MacBook Pro, tiene su iPhone y escucha a Jack Johnson en las playas del Cabo Polonio...

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