lunes, 22 de diciembre de 2008

Odio el espíritu navideño

Lo odio, lo detesto, lo aborrezco... salvo cuando me hacen regalos o veo esa pata de cordero transpirando sobre la parrilla.

Quien no la odiaba (nótese el tiempo verbal) era Peter "el japo" Sánsun, oriundo de la ciudad (si así se le puede llamar) de La Paz (y antes que salte algún boliviano ofendido, me refiero a La Paz, Canelones, Uruguay; Google Earth, puede ser una buena herramienta para no ser tan idiota). Peter (fonéticamente como se escribe), armaba el árbol más grande de su ciudad todos los 8 de diciembre, plagaba sus ventanas de guirnaldas, chirimbolos, luces navideñas y otras fanfarrias de ocasión; compraba regalos para todos sus familiares, y hasta, él no odiaba a ningún familiar; incluso, hasta compraba regalos para repartir en un hospital de niños vestido como papá noel, sin siquiera importarle los 35 grados de calor, tampoco le importaban a la hora de comprar nueces, turrones y demás frutas secas, en fin, un idiota de campeonato.

Esta historia se repitió durante años, hasta aquella navidad donde sucedería lo impensado (impensado para idiotas como el japo). Aquel 24 de diciembre, Peter, salió tempranito a comprar la pirotecnia necesaria como para ser el tío camba o el vecino envidiado por su poderío pirotécnico. Aquella mañana, se decidió a gastar su medio aguinaldo ($2000) en petardos, tal vez, envalentonado por lo que había presenciado en la noche de las luces (otra aberración de la naturaleza). Sin aguinaldo pero con un arsenal como para volar un rancho de chapa, Peter, volvió cerca del mediodía a su casa (precisamente, un rancho de chapa) y depositó la cohetería entre la cocina y el comedor para luego disponerse a adobar el lechón que comería con su familia esa noche. Lo colocó en el horno y se decidió a sestear un poco, no sin antes haberse terminado 3 litros de sidra bien berreta; el calor concentrado por la refracción del sol en el techo de chapas no le afectó en lo más mínimo el sueño, el sueño de un futuro, sí. El calor acumulado en ese rancho de chapa ascendió vertiginosamente a unos 50 grados y eso fue suficiente para que la primer mecha se encendiera (no, no, no es una metáfora, es literal, la mecha de la primer bomba brasilera agarró fuego) y el resto es historia (de nuevo, literalmente). El rancho de peter voló por los aires (una vez más, literalmente) junto al lechón y la bolsa de cuetes y el propio Peter. Peter, finalmente tocó el suelo... a intervalos de 30 segundos, primero, su brazo izquierdo, luego su mano derecha y de último, el resto de él, atrapado por el lechón y debido a la ausencia de manos, Peter, falleció asfixiado por la bolsa de nylon negra donde estaban los cuetes, que había caído en su cara, y ese, fue el final de las navidades de Peter, los vecionos de La Paz, agradecidos.

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