Héctor "Pocho" Abravinowzky había nacido en el más profundo interior, en el interior del interior, allá, lejazos. Tuvo una infancia difícil siendo el único judío criollo que tocaba el acordeón en la zona... de hecho, era el único que tocaba el acordeón en la zona, por lo cual, sus servicios eran siempre requeridos en los bailes de campaña, pero, el shabbat, le impedía trabajar, llevándolo a optar ente abandonar tan hermoso instrumento o su credo. Naturalmente, optó por la primera opción y pasó a convertirse en productor rural luego de vender el aerófono de fuelle a una suma ridículamente desproporcionada a un incauto brasilero, tras hacerle creer que el mismo había pertenecido al mismo Adolph Hitler.
El Pocho se hizo así de unas cuantas hectáreas, unas cuantas vacas y con el tiempo, unos cuántos lujos, léase: televisores de plasma, camionetas 4x4, un sinfín de acordeones, portátiles, y todo lo que un hombre de esta clase debe tener. El moishe criollo era soltero, por lo tanto, no tenía quién le gastara el dinero y tampoco con quién pelearse. Héctor, sin embargo, tenía un vecino, Edú Al Habbadi, oriundo del Chuí (o sea, del lado brasilero; ¿de qué está llenito el lado brasilero? de palestinos. No hay mucho más que explicar, es increible lo que son las casualidades...). Edú tenía unas 5 o 6 hectáreas y una decena de vaca.
A pesar de que Héctor y Edú se llevaban muy bien y eran entre sí muy parecidos, solo para judearlo, Héctor cada día le iba corriendo unos centímetros el alambrado que separaba ambos campos. Edú, mucha cuenta no se daba y medio que la iba dejando pasar. Un campo era cada vez más grande y el otro cada vez más chico. Todo iba bien para los dos (mejor para uno que para el otro), hasta que un día, cosa e mandinga, dejó de llover por meses.
Edú, como tenía un campo chico, lo manguereaba de a ratos y las vacas contentas, ahora, el Pocho, si bien tenía un montón de guita y cosas que no precisaba, al ver que se le morían las vacas y de sólo pensar en un sistema de riego artificial, se puso muy mal. Tan mal que empezó a protestarle al gobierno de turno, y pedirle que tomara medidas urgentes para que el negocio siguiera siendo rentable (señores del gobierno, aprovecho la volada y desde acá les pido un subsidio para mí y para Monsieur Saicó, como para que este blog sea rentable, puede sergio??). El gobierno, como mucho no le importaba eso porque tenía otros problemas, no le dio pelota al Héctor. Las vacas del judío criollo se ponían cada vez más flacas, mientras que las del Edú, cada vez más gordas, su pasto estaba bien verde, el de Héctor, amarillo. Un día, desesperado, Héctor fue a con su vecino para ver si este le quería comprar alguna de sus vacas, una vez hecha la pregunta, la respuesta no se hizo esperar: "y, decime, pocho, vo, cuánto pedís por las vacas?", viendo que esta era su oportunidad, contestó "Mirá, Edú, a vos, te las dejo en 100 dólares cada una", confiado esperó la respuesta, la cuál le sorprendió: "bueno, pocho, te pago 100 dólares por las doce vacas", "una vaca por cada una de las tribus de Israel?", inquirió Pocho. "Sí, Hétor, lo que vo digas... 100 dólares por doce vacas y san seacabó". Héctor, no tuvo más remedio que vendérselas (bueno, sí, hubiera tenido el remedio de instalar riego artificial o de vender alguno de sus plasmas o alguna de sus todoterreno o lo que fuera, pero, todo eso, era muy complicado...), y así fue como en aquel pedazo del interior, la tortilla se dio vuelta y a los tres días de la venta, llovió doce días seguidos y el precio de la carne aumentó un 200% dadas las exportaciones, volviéndose rico Edú y maníaco-depresivo Pocho...
jueves, 22 de enero de 2009
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2 comentarios:
Exquisita parábola Profesor.
Aunque yo había escuchado que la historia terminaba en que Pocho había ingresado montado en su 4 x 4, atropellando alambrados y todo lo que se cruzó a su paso, a apropiarse del campo vecino. Y lo logró... Edú vende chachinados ahora (los corta finito y los pone en pan de pita) hechos con la carne de la que otrora fueran sus vacas.
Pocho, un tiempo después pidió un préstamo en el BROU. Dijo que era para instalar un sistema de riego pero fue para pagar deudas de juego. En un momento no pudo pagar y pidió prórrogas, amnistías, moratorias, perdones, condonaciones, cortó rutas, prendió gomas, fue a la capital en tractor. Finalmente, como había varios como él, pagó el 40% del préstamo original, sin intereses y todó quedó en el olvido. Ahí acuñó la frase que luego sería citada ante cámaras: "We are fantastic".
po favo po favo un subsidio para la fluoxetina de Pochoooo
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